lunes, 29 de julio de 2019

¿Se puede decir Adios?



“…los que no han vivido esa experiencia –dice un sobreviviente del fascismo alemán- nunca sabrán lo que fue; los que la han vivido no la contarán nunca; no verdaderamente, no hasta el fondo”. ¿Hay escritura o creación posible después de Awschitz?, se preguntaba Teodoro Adorno. Y Jean Francoise Lyotard: "No puedo encender el fuego, no conozco la plegaria, ya no sé cómo encontrar el sitio en el bosque, ya ni siquiera sé cómo contar la historia. Lo único que sé hacer es contar que ya no sé cómo contar esa historia”.

Hay allí una experiencia inenarrable, pues, que convierte a quienes escapan de ella, como León Felipe, en llaga pura. Llaga pura a la cual, si se es afortunado como Felipe, le queda “sólo la palabra”:  
Hay dos Españas
la del soldado y la del poeta (....)
Esta es la canción del poeta vagabundo
Franco, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola.
Mía es la canción antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante en el mundo... 
Las dimensiones del vacío del poeta español las conocerán luego los exilados centroamericanos y sudamericanos:
Las manos (...)
sólo las llena
lo perdido,
se tienden al árbol
que no alcanzan
Son palabras de la guatemalteca Alaíde Foppa, y su compatriota Luis Cardoza y Aragón:
Ya no tengo otro quehacer
Que ver caer la lluvia
Un indultado
Un fraudulento
Un naúfrago soy
Un prorrogado (...)
Yo soy el puro exilio.
Un argentino escribe:
"¿Cómo decir adios? ¿Se puede decir adios? (... ) ¿Adios sin adios?” Y un segundo: “La desdicha esencial de esta ruptura no puede superarse (... ) Los logros de cualquier exilado están permanentemente carcomidos por su sentido de pérdida”.
¿Qué han visto que los resuelve a aceptar la pérdida?; ¿qué saben o imaginan que sucede mientras ellos salvan el pellejo?, ¿y qué experimentan en la marcha? Jean Francois Steiner recuerda el segundo paso del método científico de los SS de la Alemania nazi para los judíos, al conducir a los de una aldea a una encrucijada entre dos calles:
“-Cuando hemos visto el gentío separarse en dos brazos, todo el mundo se ha preguntado: ¿Qué pasa, qué significa esto? Mi marido me ha dicho que esta noche algunos no dormirán en sus camas. De momento no he comprendido; entonces ha añadido que era el momento de no equivocarse. Quería que yo echase hacia la izquierda con nuestra hijita y él hacia la derecha. Yo no he querido...
“Hemos buscado un indicio que nos señalase la buena dirección (...) El primer soldado que formaba el filo de aquel tejamadar, era un auténtico alemán, alto, rubio, muy guapo. Nos miraba amistosamente, con una leve sonrisa(...) Mi marido me murmuró algo al oído (...) A la derecha, pronto (... ) "Me explicó que cuando le había visto sonreír con conmiseración mirando la oleada que iba a la izquierda, comprendió (... ) No vi llegar el bosque. De pronto gritos, golpes, alambradas, y un hedor terrible”, a pilas de cadáveres, a los cuales los ha conducido la sonrisa del guapo soldado alemán.
“El efectivo de trabajadores judíos en Treblinka –concluye Steiner- era de un millar. El precio de la pensión (...) calculado en cabezas (... ) se elevaba, pues, a quince unidades diarias…”
También se asiliaron aquí judíos, principalmente polacos, y comunistas alemanes que semicompletaban un largo periplo, pues volverían a su tierra tras el muro de Berlín. 

-0-
Mis agrias discusiones con mamá cuando regresó al pueblo natal eran de fantasma a fantasma, pues debió reinventarse desvaneciendo en una suerte de limbo sus treinta y seis años mexicanos, como una vez hizo con los treinta y dos anteriores.  

Por el número, por el momento en que se produce y por su sentido colectivo, el exilio de los suyos es el más significativo entre los muchos que México recibe.

Herederos de esos aproximados treinta mil hombres, mujeres y niños, reivindican los aportes que los suyos hicieron al país, frecuentemente con tintes clasistas y de raza. Casi no existe para ellos el grueso del transtierro, formado por obreros, campesinos y amas de casa. Así traicionan la historia toda, a veces hasta interpretar al mexicano como gesto utilitario para hacerse de una intelectualidad que estas tierras no pueden producir.
A su modo reproducen el espíritu de los conquistadores, con su aristotélica carga sin modernizar, que se vuelve sobre los propios descendientes, cuyos aportes están muy por debajo de los de sus padres. Se trata de un discurso machista, de paso, pues apenas hay mujeres en la en verdad larga lista de pensadores, escritores, maestros, médicos e ingenieros asilados. Quedan ocultas las asalariadas y las madres sin profesión, se diría, olvidando cuánto descansan las sociedades en el trabajo no remunerado.
Hay un gran drama allí: hijos e hijas que adjuran del arduo trabajo de generaciones batiéndose en regla contra la España de sombras, representación de la cristiandad que por cerca de cinco siglos toma del pasado sólo lo lóbrego y miente por sistema, adjurando, por ejemplo, de sus estrechos vínculos con África y con el esplendor “medieval”.
Allá ellas y ellos, que nos sirven de pretexto para recordar a las mayorías asiladas en el país. Como a sus ilustres hermanos y hermanas, las habita la tragedia.
En las notas de Illia Ehrenburg y de muchos otros sobre la Guerra Civil española, abundan las escenas de este tipo: “Tras el bombardeo una madre encontró una mano de su hija pequeña. La ajustó al torso y empezó a buscar la cabeza”.

jueves, 7 de febrero de 2019

Desdicha

Plugiera a Santa Utopía que pudiese -yo, no ella, se entiende- darle forma a mis archivos. 
Los exilios mueren de pena, por ejemplo. Y con ellos, hombres, mujeres y niños a millones dejados atrás sin vida, bajo tortura, en infectas cárceles. España, Alemania, Polonia, Chile, Guatemala... durante el siglo XX. 
Escribí algo que ustedes leyeron y deberían conocer también esto:

¿Se puede decir Adios?

Mis agrias discusiones con mamá cuando regresó al pueblo natal: de fantasma a fantasma, pues ella debió reinventarse desvaneciendo en una suerte de limbo sus treinta y seis años mexicanos, como una vez hizo con los treinta y dos anteriores.  
Por el número, por el momento en que se produce y por su sentido colectivo, el exilio de los suyos es el más significativo entre los muchos que México recibe.
Herederos de esos aproximados treinta mil hombres, mujeres y niños, reivindican los aportes que los suyos hicieron al país, frecuentemente con tintes clasistas y de raza. Casi no existe para ellos el grueso del transtierro, formado por obreros, campesinos y amas de casa. Así traicionan la historia toda, a veces hasta interpretar al mexicano como gesto utilitario para hacerse de una intelectualidad que estas tierras no pueden producir.
A su modo reproducen el espíritu de los conquistadores, con su aristotélica carga sin modernizar, que se vuelve sobre los propios descendientes, cuyos aportes están muy por debajo de los de sus padres. Se trata de un discurso machista, de paso, pues apenas hay mujeres en la en verdad larga lista de pensadores, escritores, maestros, médicos e ingenieros asilados. Quedan ocultas las asalariadas y las madres sin profesión, se diría, olvidando cuánto descansan las sociedades en el trabajo no remunerado.
Hay un gran drama allí: hijos e hijas que adjuran del arduo trabajo de generaciones batiéndose en regla contra la España de sombras, representación de la cristiandad que por cerca de cinco siglos toma del pasado sólo lo lóbrego y miente por sistema, adjurando, por ejemplo, de sus estrechos vínculos con África y con el esplendor “medieval”.
Allá ellas y ellos, que nos sirven de pretexto para recordar a las mayorías asiladas en el país. Como a sus ilustres hermanos y hermanas, las habita la tragedia.
En las notas de Illia Ehrenburg y de muchos otros sobre la Guerra Civil española, abundan las escenas de este tipo: “Tras el bombardeo una madre encontró una mano de su hija pequeña. La ajustó al torso y empezó a buscar la cabeza”.
“…los que no han vivido esa experiencia –dice un sobreviviente del fascismo alemán- nunca sabrán lo que fue; los que la han vivido no la contarán nunca; no verdaderamente, no hasta el fondo”. ¿Hay escritura o creación posible después de Awschitz?, se preguntaba Teodoro Adorno. Y Lyotard: No puedo encender el fuego, no conozco la plegaria, ya no sé cómo encontrar el sitio en el bosque, ya ni siquiera sé cómo contar la historia. Lo único que sé hacer es contar que ya no sé cómo contar esa historia”.
Hay allí una experiencia inenarrable, pues, que convierte a quienes escapan de ella, como León Felipe, en llaga pura. Llaga pura a la cual, si se es afortunado como Felipe, le queda “sólo la palabra”:  
Hay dos Españas
la del soldado y la del poeta (....)
Esta es la canción del poeta vagabundo
Franco, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola.
Mía es la canción antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante en el mundo... 
Las dimensiones del vacío del poeta español las conocerán luego los exilados centroamericanos y sudamericanos:
Las manos (...)
sólo las llena
lo perdido,
se tienden al árbol
que no alcanzan
Son palabras de la guatemalteca Alaíde Foppa, y su compatriota Luis Cardoza y Aragón:
Ya no tengo otro quehacer
Que ver caer la lluvia
Un indultado
Un fraudulento
Un naúfrago soy
Un prorrogado (...)
Yo soy el puro exilio.
Un argentino escribe:
"¿Cómo decir adios? ¿Se puede decir adios? (... ) ¿Adios sin adios?” Y un segundo: “La desdicha esencial de esta ruptura no puede superarse (... ) Los logros de cualquier exilado están permanentemente carcomidos por su sentido de pérdida”.
¿Qué han visto que los resuelve a aceptar la pérdida?; ¿qué saben o imaginan que sucede mientras ellos salvan el pellejo?, ¿y qué experimentan en la marcha? Jean Francois Steiner recuerda el segundo paso del método científico de los SS de la Alemania nazi para los judíos, al conducir a los de una aldea a una encrucijada entre dos calles:
“-Cuando hemos visto el gentío separarse en dos brazos, todo el mundo se ha preguntado: ¿Qué pasa, qué significa esto? Mi marido me ha dicho que esta noche algunos no dormirán en sus camas. De momento no he comprendido; entonces ha añadido que era el momento de no equivocarse. Quería que yo echase hacia la izquierda con nuestra hijita y él hacia la derecha. Yo no he querido...
“Hemos buscado un indicio que nos señalase la buena dirección (...) El primer soldado que formaba el filo de aquel tejamadar, era un auténtico alemán, alto, rubio, muy guapo. Nos miraba amistosamente, con una leve sonrisa(...) Mi marido me murmuró algo al oído (...) A la derecha, pronto (... ) "Me explicó que cuando le había visto sonreír con conmiseración mirando la oleada que iba a la izquierda, comprendió (... ) No vi llegar el bosque. De pronto gritos, golpes, alambradas, y un hedor terrible”, a pilas de cadáveres, a los cuales los ha conducido la sonrisa del guapo soldado alemán.
“El efectivo de trabajadores judíos en Treblinka –concluye Steiner- era de un millar. El precio de la pensión (...) calculado en cabezas (... ) se elevaba, pues, a quince unidades diarias…”
¿Qué imaginaba o sabía mamá sobre los miles a quienes dejó atrás en octubre de 1937, cuando a la carrera subió a los por fuerza insuficientes barcos que el gobierno del abuelo consiguió para escapar a la bestia mordiéndolos por cuatro costados, así el poniente del mar quedara libre, pues el cielo era también un plano, quizás el más feroz en su cuadro de terror.
     

sábado, 6 de octubre de 2018

De cuando supimos que la nada no era tal y arropaba

Al principio nuestro trabajo se reducía al más o menos pequeño universo entre Vaciados Industriales y Traimobile, y a las colonias en torno a ésta: la Urbana, la San Miguel y la San José, todas con apellido Xalostoc. Con el rastro y la fábrica de partes para aparatos eléctricos donde se ocupaban casi sólo mujeres[1], se extendió un poco, hasta la Viveros y la Rústica. Allí nos sentíamos en casa los de la Cooperativa.

Lo era incluso en la Industrial. No había árboles ni aleros ni cosa alguna que protegiera del sol y el agua, y durante los turnos no teníamos a quien saludar o con quien platicar, pero el concierto de chillidos, fragores, rítmicos golpeteos; el seco paisaje guiado por las columnas de humo elevándose hacia el cielo; los efluvios de la galletera, del par de fábricas de jabones y productos químicos que por momentos producían mareos, acunaban con la certificación de una humanidad pletórica, cuya actividad no se interrumpía jamás.

Cuando la Cooperativa resolvió celebrar una marcha alternativa del primer de mayo, y nos escogió para organizarla, luego de una eufórica reacción caímos en el desconsuelo: nuestra casa no servía para ello. Las fábricas estarían prácticamente vacías ese día, fuera de los equipos de mantenimiento, y no podíamos exponer a las colonias a la factible llegada de la policía.

Fue entonces que nos dimos a las exploraciones en las cuales encontramos a don Melquíades en las canelitas bajo La Loma. De haberle tenido confianza nos habría descubierto muchas direcciones. Buscábamos infructuosamente zonas habitacionales, a excepción de las muy visibles, sobre las que caerían en un santiamén patrullas y julias.

Don Melqui nos habría llevado a Los Reyes, por ejemplo, justo tras La Loma, crecida como muchas entre quebraduras, ocultándose. Y es que a los mismos obreros de Xalostoc se les escapaba la manera en que el municipio se iba poblando. Tanto, que Agustín destimaba incluir en nuestra marcha a las casitas en el cerro frente a su casa. Subimos hasta ellas y tras una primera, visible fila, aparecieron numerosas otras, alineadas respetando los caprichos del suelo.

Parecían un desconcierto, no lo eran y entrañaban enormes esfuerzos de convivencia. Los diablitos colgados de cables sobre la calzada, por ejemplo, presumían que cada familia había hecho el trabajo por su cuenta. De ser así, sin embargo, habría centenares, no dos docenas de ellos y dentro podía creerse que las ramificaciones en cada línea, copiaban el método originario. No sucedía así y el tinglado tenía orden, a fin de evitar disputas y sobrecargas.

Lo que con el tiempo se conocería como tejido social se construía allí, pues, al margen de las instituciones.

La visita a la colonia nos decidió a hacerla parte insustituible del extraño recorrido que haríamos seguir a quienes el primero de mayo vendrían de otros lugares del valle. Nada podía ampararnos mejor que ella, cuyos pobladores dijeron sí a nuestro pedido y nos mostraron el mejor camino, confirmándonos que las fuerzas públicas tardarían en darse cuenta de lo que hacíamos y no se atreverían a subir.


[1] Nadie recuerda el nombre de esta empresa.

El Ojitos y El lodo de verdad

El Ojitos
Me había acostumbrado a andar bien avanzada la noche por el Santo Lugar, y un miércoles bajé del autobús en la contraesquina de la fábrica donde trabajaba Agustín, cuando salía el segundo turno. La sombra era gruesa y no supe de dónde saltó el mocoso de cuatro patas que me asustó con su ridículo ladrido. Debía tener dos meses de nacido, y sus ingenuos ojos brillaban coronando el circo que hacía para conquistarme.
No se podía evitar sonreírle, ni que él malentendiera el gesto y me siguiera convencido de haber ganado al fin un hogar. Al fin, digo, pues parecía llevar un buen rato así y entender ya que si luego de unos metros no había un nuevo signo de amistad en el interfecto al paso, debía probar con el próximo, y me dejó al cruzarnos con un paisano.
No le hizo el mínimo caso el hombre, sin duda acostumbrado a escenas de ese tipo, y como volteé interesado en su suerte, regresó. Avanzando a la manera de dos buenos amigos expliqué la situación, le pareció una muestra indubitable de haber conseguido el objetivo y no paraba de dar brinquitos y ladridos eufóricos.
Pensé en llevármelo a la huelga pero alguien se me había adelantado un par de días, con no pocas protestas de los demás. En esas estábamos al bajar al arroyo en la esquina, cuando a unos metros en una sola acción un trailer arrancó y prendió las luces. Con dificultades el inexperto Ojitos dio marcha atrás antes de que se lo llevara el diablo.
Paso un par de tensos minutos, yo volviendo al discurso y él mirándome con el espanto que le había dejado el animalote aquél y el descubrimiento de un lado hasta ahí desconocido del mundo de espantos al cual lo habían entregado. No sé lo que habría hecho yo de no atravesar una pareja y a la mujer venírsele la ternura al contemplarlo. Con ellos reanduvo el camino y volví al mío.
Una hora después Juan de Dios me pidió que lo acompañara a su casa por un anafre, creo, y el Ojitos continuaba en su búsqueda, ahora desesperada e inútil, pues para entonces la noche se había quedado a solas con sus fantasmas.
Al olfatearnos echó a correr en dirección nuestra, pero íbamos por la banqueta contraria y los arrestos para repetir la experiencia de cruzar se le acabaron con el rugido de un horno que despertaba. Dio un giro enloquecido, la máquina cobró fuerza y salió de estampida.
La desesperación debió obnubilarlo, y nosotros de vuelta a la huelga, no estaba más en la misma acera sino en la de enfrente, donde la empacadora, presentándole su espectáculo al policía de la caseta, que en su infinita soledad lo festejaba. Sonó un claxon, el policía se levantó disparado para abrir la puerta y el auto que salió por ella casi le arrancó la cabeza al enano, quien de nuevo se dio a la carrera.
La mañana siguiente encontré a nuestro amigo una cuadra más allá. Seguramente de un puesto o de una bolsa con el almuerzo había caído lo necesario para llenar la pequeña panza, y se divertía con los paseantes. No iba más suplicando detrás de ellos, sino juego tras juego, de modo que en apariencia le había encontrado el gusto a la incertidumbre.
-Así es esto –debía decirse-, y no está mal. Un poco peligroso, pero entretenido.
Subí al camión con un par de compañeros, contagiado por su optimismo y su espíritu libertario.
Al terminar la tarea cuatro o cinco horas después lo descubrí desde la ventana, antes de apearnos. Era un montoncito de carne muerta al borde de la calzada.


El lodo de verdad
Uno iba en los pericos de la línea San Pedro-Santa Clara, o en los Huixqulucan, deshaciéndose de las falsas apariencias según los camellones, los aparadores, los edificios de la capital se esfumaban y se saltaba la Sierra de Guadalupe o se cruzaba el Puente Negro. Pero volvía a encontrar esas falsas apariencias en la zona industrial. Si en esto y lo otro resultaban una mala caricatura que no engañaba nadie, en tal y cual aspecto sorprendía no sólo a los que como yo nos habíamos criado en las clases medias dispuestas a creer la más boba mentira, sino a los propios obreros.
Aunque no lo hacían siempre y muchas fábricas reproducían el tradicional estilo carcelario de su arquitectura, algunas de las plantas de la nueva iniciativa privada gustaban maquillarse con modernas, atractivas fachadas, que correspondían a sus anuncios publicitarios y al aspecto de sus productos en los aparadores de las tiendas.
A Manuel se le paraban los pelos de punta, al observar las desastrosas instalaciones que había detrás de los modernos traileres presumidos en las carreteras por su empresa.
Agustín tardó mucho en conciliar la vida en el interior de la empacadora en la cual trabajaba, y el criadero de perros que triturados al lado de carnes de la peor clase, terminaban convertidos en jamones y salchichas, con los pulcros artículos embolsados que salían de la última línea de producción y sus carteles y comerciales de tele.
Ramón no dejaba de sentir escozor al pasar junto al hermoso jardín de Formex, donde diariamente checaba tarjeta, y a la vuelta sortear como podía los escurrideros de materiales tóxicos que escapaban por la barda lateral. Y así hasta el infinito.
Una verdad más se hacía perdidiza allí: que la absoluta mayoría de los empresarios manufactureros habría fracasado no ya sin los extremos de explotación a su mano de obra, sino sin la abundancia y variedad de protecciones y subsidios que directa o indirectamente recibía del régimen: cierre de fronteras a la competencia, excepción de impuestos, creación de infraestructura, fuentes de energía casi regaladas; controles de precios a los alimentos venidos del campo, que hacían posible pagar bajos salarios; defensa de la pobre calidad de sus productos …
Mi gusto por los charcos de deshechos químicos resultaba de encontrar en ellos una especie de pus que revelaba esa realidad interior de las factorías. O al menos un parte, porque los trabajadores y trabajadoras hacían otra, en mucho emocionante, conmovedora e incluso hermosa.
A nadie daba la impresión de preocuparle, en cambio, el desastroso aspecto de las colonias. Sin embargo, hasta ellas llegaba el mundo de embustes públicos en los cuales vivía el país, cuando se requería. De modo que un día los vecinos de Xalostoc vieron aparecer cuadrillas de albañiles, carpinteros y pintores en la Vía Morelos.
¿Qué hacían, trabajando a toda velocidad, de día y de noche, a cinco metros de las viviendas del lado poniente? Su primera obra terminada resultó desconcertante. Era el frente de mampostería de un pulcro, colorido hogar, que por su buena altura traía a la memoria las casitas de los pueblos.
Al cabo de una semana se contaban por docena, sostenidas en la espalda por cimbras de madera, y si se les miraba desde la Vía habían borrado cuanto había detrás. Su porqué era simple: el señor presidente de la república estaba a punto de hacer una gira por el norte del estado, que iniciaría en ese punto.
Un par de años después, los restos de la escenografía permanecían, para completar el disgusto de los habitantes de la zona, que en la San Miguel llevó a las señoras a juntarse. Demandaban agua potable y drenaje, pavimento, alumbrado, una clínica del IMSS.
Yo podía hacer románticas imágenes con el lodo, porque pasaba en la zona unas horas al día. Quienes vivían en ella, no, según bien sabría Jorge el Celerín cuando de “agitador” de la Cooperativa se convirtiera en un obrero más de la Viveros[1]:   
El agua era de pozo y a veces no llegaba o llegaba verde. Te bañabas y quedabas como Hulk, todo lleno de lama. En mi casa, que estaba junto a un baldío donde echaba desperdicios una fábrica, las ratas, que parecían conejos, se metían y anidaban entre los mosaicos. Cuando era tiempo de lluvias te hundías en la calle al caminar. Si te ponías enfermo era un pedo. Si tenías seguro pero te ponías mal en la noche, ¡no! Y si no tenías, ¡puta!      
El lodo, pues, era lodo, la cereza del pastel de carencias.